
[por Rubén Uría]
El sábado, Joan Laporta entraba en trance: ‘Luchamos por la Champions y por la Liga, por la Liga ¿eh? Vamos a ver que pasa en el partido del Madrid’. Pasó que el Real Madrid empató en Palma y volvió a dejar abierta una puerta al barcelonismo. El domingo por la mañana, el presidente culé, Don Erre que Erre, tiraba la piedra y escondía la mano: ‘Hay muchos hipócritas que dicen que son del Barça y no lo son. No estamos tan mal’. En apenas unas horas, el presidente del Barcelona - que debería ser el presidente de todos los socios del Barça y no sólo de los residentes en Catalunya-, se ha cubierto de gloria. Su equipo, en un ejercicio de impotencia inexplicable, ha vuelto a dar la de arena. Ha empatado en casa ante un Getafe fatigado por sus glorias europeas, se ha estrellado contra los postes hasta en tres ocasiones y ha dejado el camino expedito a un Real Madrid que no tiene que esforzarse para ganar la Liga, porque otros se esfuerzan en no saber ganarla. El Camp Nou arrancó la noche aferrado a la ilusión de recortarle puntos al Madrid, y acabó la noche abrazado a la desesperación, y a la frustración de ver cómo de aquel equipo que era la bandera del buen fútbol, apenas queda un erial. Al Barça, o mejor dicho, a lo que queda del Barça, le despidieron con una impresionante pañolada. Quizá no fuera el día para castigar a los futbolistas, aunque el flamear de pañuelos señalaba más en la dirección del abúlico Rijkaard y del histrionismo de Laporta. Restan siete citas para echar el cierre al curso, y a pesar de que el Madrid ha hecho lo imposible por perder el campeonato, el Barça está a un paso de consumar otro fracaso. Mientras haya Champions habrá esperanza para sus seguidores, pero si la quimera europea se esfuma, llegará la hora de depurar responsabilidades. Y no sólo alcanzará con culpar a Ronaldinho de todo. El brasileño, culpable de lo suyo, sólo es la punta del iceberg. El Barça, en proceso de desintegración, ha ido autodestruyendo todas sus virtudes. Las del palco, las del banquillo y sobre todo, las del césped. Porque en el campo, ningún rival respeta ya al Barça. Más que nada, porque el Barça lleva toda la temporada sin respetarse a sí mismo. Primero hubo ración triple de maderamen. Después, pañuelos a discreción. Leer el resto de esta entrada »
















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