Jimmy Johnstone, el loco del pelo rojo
13 03 2008[por Rubén Uría]
A comienzos de los años cincuenta, un pequeño mocoso panocha, al que los mocos le cuelgan como velas por el intenso frío, coloca un montón de botellas vacías en la calle. Lo hace con infinita paciencia, de un modo estratégico, fabricándose una especie de carrera de obstáculos. Cuando acaba con las botellas, se coloca un balón de fútbol en los zapatos y comienza un eslalon a toda velocidad, sorteando todas y cada una de las botellas de licor llevando la pelota cosida al pie. Después, una vez completado el ritual, vuelve a colocar todos los obstáculo, añadiendo algunas dificultades más, para comprobar si es capaz de superar todas las botellas sin que le pelota las golpee. Quizá por esa costumbre, sus compañeros de colegio le habían bautizado como Jinky, un apodo que significa que alguien está habituado a moverse con una velocidad extraordinaria y que define a algo que cambia de lugar y trayectoria de manera constante e impredecible. Gracias a ese nombre de guerra, el pequeño Jimmy Johnstone se había hecho pupular entre los chicos de su barrio, en Viewpark, una localidad obrera anclada en la vetusta e histórica región de Lanarkshire (Siorrachd Lannraig en gaélico), oficialmente conocido como el Condado de Lanark. Aquella habilidad innata del escurridizo Jimmy no pasó inadvertida para los cazatalentos, que muy pronto se fijaron en los regates eléctricos de aquel niño que no levantaba un palmo del suelo y cuyos ojos azules se le salían prácticamente de las cuencas. No le hacían demasiada gracia los libros, pero lejos de ellos, y a pesar de los esfuerzos de sus padres por convencerle de lo contrario, Jimmy se transformaba en Jinky, una bala humana que destrozaba a las defensas contrarias en los partidos del patio del colegio. Al pequeño Johnstone los médicos le habían diagnosticado que no pasaría del metro sesenta centímetros, pero aquello, lejos de amendrentar a Jinky, se convirtió en su gran secreto. Era el más bajo del colegio, el más diminuto de sus amigos y el más ligero de todo el barrio, pero su centro de gravedad, al ser tan bajo, le permitía hacer explotar una capacidad innata para mantenerse de pie en carrera y evitar las entradas de los defensas, que caían desparramados a su paso. Lo que los médicos vieron como un problema, Jinky lo usó como una solución. No había nadie capaz de frenar a un demonio en miniatura que, cuando se desataba, dejaba cinturas rotas de rivales a su paso. Para él, driblar rivales era tan sencillo como esquivar botellas en la calle. Tenía una culebra en la cintura. Y alas en los pies.
- ‘Siempre me ayudó mucho la climatología escocesa. Como aquí llueve tanto, y dado que mi centro de gravedad era tan bajo, cuando los grandotes defensas intentaban darme un mordisco, la mayoría de las veces resbalaban mientras yo era capaz de mantenerme en pie e irme a toda velocidad.’ Leer el resto de esta entrada »
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