[por Rubén Uría]
No nació, como Pelé, en una cuna pobre de café. No tiene genes mestizos y su talento no tiene las favelas como denominación de origen. Ricardo Izecson dos Santos Leite aprendió a gatear en el seno de una familia burguesa de Brasilia, donde un ingeniero acomodado y una maestra de escuela le enseñaron que Dios era la fuente inspiradora de la vida. Atleta de Cristo, tímido ante los micrófonos y de mirada limpia, Ricardo descubrió el poder de seducción de la pelota en un buen colegio, en el patio de la universidad, lejos de esas playas interminables plagadas de muchachadas que persiguen cualquier cosa parecida a un balón. Ajeno al jogo bonito de las calles, al talento marginal brasileño, Ricardo Izecson Leite dos Santos forjó un inmaculado talento para administrar la pelota. Su nombre de guerra lleva el copyright de su hermano pequeño, que no sabía pronunciar la palabra Ricardo, y terminó por inventarse una especie de sonido gutural que solía pronunciar como Kaká. Cuatro letras tan sonoras como escatológicas. Es el Balón de Oro. Leer el resto de esta entrada »


















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