No hace falta ser Bob Woodward o Carl Bernstein…

25 06 2007

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[por Rubén Uría]

La Casa Blanca andaba huérfana sin Florentino. Al rescate acudieron Baldasano, Palacios, Villar Mir, Lorenzo Sanz y Ramón Calderón, un abogado al que se llegó a comparar con John Fitzgerald Kennedy según mi vehemente colega de profesión Roberto Gómez (comediante para unos, visionario para otros). Vuelta olímpica en Zaragoza, charlas universitarias descocadas, aumentos en los palcos o irregularidades en los abonos de los socios han sido las líneas maestras del nuevo Kennedy del fútbol español. En el pasto ha sumado una Liga y en el parqué, dos copas, ULEB y ACB. Conclusión: Capello a la calle. Carnaza para los tiburones. ¿Echará ahora a Joan Plaza? Ramón ha aprobado en lo deportivo y ha suspendido en lo institucional. En el capítulo promesas, sigue sin haber ni rastro de Cesc, Kaká y Robben. En el capítulo de agradecimientos, tres nombres propios: Rodríguez de Barutell, Nanín, Alfonso Carrascosa y Juan Mendoza. Los hombres del presidente. El madridismo no cree en Woodwards y Bernsteins, pero haría bien en vigilar la posible existencia de un Watergate de andar por casa. Hay dudas razonables. ¿Seguro que Calderón es el nuevo Kennedy del fútbol español? Después del Asalto a la Casa Blanca’ emitido en Telecinco, uno se plantea, cuando menos, si el presidente del Madrid es un nuevo Kennedy…o un viejo Richard Nixon. No hace falta ser Bob Woodward o Carl Bernstein para concluir que algo huele a podrido en Dinamarca y que si la basura sigue acumulándose por el Bernabéu, el socio del Real Madrid podría entrar en estado de trance. Pasó el tiempo del confeti y el alirón. Ahora resuenan trompetas de apocalipsis. Uno cree en la presunción de inocencia. También en el derecho a la información. No se trata de arremeter contra el Madrid, sino de limpiar el nombre del Madrid.

 

Otro en permanente estado de trance es el inevitable José María Del Nido. Tan buen gestor como lenguaraz orador, Del Nido empieza a resultar un personaje que no deja indiferente a nadie. Sus dardos en la prensa, sus saltitos en los palcos, sus fichajes extraordinarios y sus pontificado desde el atril le han convertido en adalid del sevillismo y en una acidez de estómago para el resto de equipos. Aupado por su colosal equipo y por un estratosférico himno de El Arrebato, Del Nido se transforma en una especie de Jomeini ( روح الله موسوی خمینی en persa) del sevillismo.Un imán de la Puerta de Jerez. Un ayatolá de Nervión. Un azote para la cofradía de Lo que Diga Don Manué. Una suerte de Rappel del palco. Suspende en formas pero aprueba en fondo. Su equipo no tiene más límite que el cielo. Del Nido hace de su Sevilla una fe. Una guerra santa. Vive en el éxito, y su relación con el resto del planeta será directamente proporcional al número de títulos que consiga el Sevilla. Cuantos más gane, más odiado será Del Nido. Es, Don José María, un Don Guido moderno. Racial, visceral, populachero, dogmático y tribunero. Es un presidente de más carne que hueso, y que cuelga del palco sus berretines goleadores. Trance al cuadrado. O al cubo. Del Nido cae como una patada en el culo, pero es un gran gestor.No hace falta ser Bob Woodward o Carl Bernstein para darse cuenta.


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